El VINO EN EL MENÚ
Desde la prehistoria el
vino ha estado unido al hombre y por lo tanto lo ha
acompañado en muchos momentos. No gusta beber
vino solo sino que se hace generalmente en compañía
: al levantar la copa para brindar por algo o por alguien,
cuando se invita a alguien a casa le obsequiamos con
una buena botella de vino, si es que no han sido los
invitados quienes se han encargado de llevarla, para
festejar algún acontecimiento feliz y, ¡cómo
no !, para acompañar a la comida, manduca, pitanza,
condumio, refrigerio, piscolabis, tentempié,
sustento, yantar, nutriente ... se llame como se llame
otro de los grandes placeres del ser humano. Y con esto
al tema en cuestión hemos llegado. No pretendemos
que todo el mundo siga las ideas que a continuación
vamos a exponer, porque como ya hemos comentado antes,
hay que llegar a descubrir, aun haciéndolo personalmente,
la relación existente entre un vino y un plato,
pero sí queremos hacer unas sugerencias para
quienes quieran admitirlas:
El cava y los vinos espumosos en general, acompañan
bien a los postres, pero no lo hacen peor con las pastas.
Son estupendos como aperitivos, van muy bien con los
patés o con los productos más delicados,
como el caviar o las ostras. Los espumosos son vinos
que pueden empezar a consumirse con los entrantes y
perfectamente se puede continuar con ellos durante toda
la comida.
Un blanco afrutado acompaña bien a quesos fuertes
del tipo Cabrales y, por supuesto, pescados, sobre todo
a la plancha o rebozados. Un buen afrutado y el marisco
son inseparables. A la plancha, crudo, es decir, elaborado
de forma muy natural y sencilla.
Un blanco seco está pensado para ser consumido
de forma más tardía que un afrutado. Son
vinos con más cuerpo que sintonizan muy bien
con los pescados más fuertes (azules, en salsa...)
y con los mariscos y moluscos cocinados, como por ejemplo
chipirones encebollados, en salsas..
Los blancos que han pasado por
barrica van muy bien con quesos suaves como el queso
de Tetilla, con todos los moluscos y crustáceos,
ligan bien a las pasta y por supuesto con todo tipo
de pescados, especialmente los más fuertes.
Los rosados son vinos que asisten
bien a todo tipo de pastas: lasañas, arroces,
también a la mayoría de platos elaborados
con huevo, o con ajo, que son muchos: sopas de ajo,
conejo al ajillo, ajoarriero a la tudelana, ajo blanco...
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Un tinto joven es un vino
osado, con fuerza. En general son vinos con una elevada
acidez en boca, por lo tanto combina muy bien con platos
grasos, fuertes. Va bien con todo tipo de quesos, con
muchos pescados elaborados con salsas de tomate, salsa
verde y patatas. Y acompaña muy bien a muchas
de las carnes: aves, caza...
Los vinos tintos envejecidos que han pasado por madera,
son vinos más complejos, aterciopelados, más
delicadas; por eso, y sobre todo los reservas, combinan
muy bien con platos complejos y al mismo tiempo fuertes:
pescado azul, caza, cordero asado...
Los generosos secos: fino, manzanilla, oloroso, amontillado,
palo cortado, son vinos que encajan a la perfección
en los aperitivos, entre comidas. Son ideales para ir
de tapas y combinan a la perfección con toda
la gama de tapas que habitualmente encontramos en bares
y tabernas de buena parte de España: desde almendras
hasta callos, pasando por tortilla española y
terminando en pescaditos fritos. También ligan
a la perfección con el marisco, con algunos pescados
como el salmón o con aves de caza: faisán,
pichón o becada.
Los vinos dulces sobre todo combinan bien con los postres
dulces: natillas, crema catalana, arroz con leche. Pero
también con algunos quesos como los ácidos
de cabra y patés.
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