La carne deberá ser veteada,
aspecto que se observa a simple vista al corte y que
se debe a la presencia de grasa localizada entre los
músculos. La cantidad de veteado suele aumentar
con la edad del animal. Cuando un jamón es más
veteado que otro significa que tiene un mayor contenido
en grasa, hecho que influye en el sabor de la pieza
porque los jamones con más grasa son menos salados,
y el jamón ibérico no debe tener un sabor
salado.
Los sabores y los olores del jamón
ibérico son muy difíciles de describir,
ya que intervienen compuestos volátiles, más
de 170 sustancias volátiles naturales, lípidos
(que actúan como solventes que retienen compuestos
aromáticos producidos a partir de otras sustancias
simples, como los azúcares y los aminoácidos),
además de otros procesos de oxidación.
Pero una vez que se ha probado un buen jamón
ibérico, su sabor no se olvida.
Para degustar y apreciar el jamón
ibérico tiene que estar debidamente cortado con
un cuchillo largo, fino y muy afilado, en lonchas finísimas,
delgadas, casi transparentes, con un trozo de tocino.
Debe empezar a cortarse con la pezuña hacia abajo
(que es la parte más dura), y cuando se termine
se le dará la vuelta.
El jamón ibérico
debe degustarse a temperatura ambiente, y no debe conservarse
en el frigorífico porque pierde sus cualidades.
El jamón puede acompañarse
con un vino fino o con manzanilla bien fríos,
o con un buen tinto
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